viernes, 23 de octubre de 2009

El rey del Laberinto

¿Cómo era vivir en una pradera infinita? Todavía lo recuerdo bastante bien. Hasta donde llegaba la vista, todo era verde. Por encima, la otra mitad del mundo solía ser azul radiante. A veces, mirabas al cielo y creías que ibas a caer en él.

Mi casa, diminuta, construida en piedra, parecía zozobrar encima de una loma. Desde ella se veía toda la región, y desde toda la región, se veía mi casa.

No quiero hablar demasiado de los Otros, aunque no se me escapa que al lector atento no le pasará desapercibida su importancia. En ocasiones llegaban hasta mi puerta personas buscando un lugar donde pasar la noche. Yo les acogía lo mejor que podía. Normalmente, reemprendían el camino a la mañana siguiente.

Algunos eran hoscos y taciturnos. Su partida era un alivio. Con otros la cena se alargaba con anécdotas, carcajadas y miradas comprensivas. Cuando se iban, dejaban tras de sí un denso silencio.

Todos hablaban de lugares extraños, tal vez no tan lejanos, de los que ninguno volvería. O quizá sí... Una noche, a la luz del fuego, creí sorprender algo familiar en el brillo de los ojos de un visitante. ¿Tanto había cambiado? No me atreví a preguntarle.

Fue uno de los últimos. Por aquel entonces, el Laberinto ya empezaba a ser infranqueable. El Laberinto...

Su origen fue inocente: plantar un seto parecía completamente natural. Mucho después, he intentado convencerme de que el objetivo no era otro que delimitar un espacio, mi espacio, obligando así al mundo a retroceder algunos metros desde las ventanas de mi casa.

Pero el seto medró, y después giró en ángulo recto y comenzó a bifurcarse. Reconozco que me dejé seducir por su ilimitada geometría de posibilidades. Y el Proyecto siguió creciendo, y creció... Por primera vez, empecé a sentirme protegido. Y, por primera vez, sufrí la necesidad de sentirme protegido. Acarreé piedras para construir altos muros donde antes bastaban ramas.

Por supuesto, el Laberinto disuadiría a los visitantes, aunque pensé que no supondría un obstáculo para quien realmente quisiera atravesarlo. No obstante, llegó un momento en el que incluso a mí me costaba orientarme: la obra había superado al arquitecto.

El dédalo de callejones era tan vasto que algunos quedaban descuidados durante meses. Los derrumbamientos y las zarzas alteraban el trazado imprevisiblemente. Pasé largo tiempo vagando perdido; pese a todo, cuando conseguía situarme, continuaba la construcción fascinado por la inabarcable complejidad del resultado.

He olvidado dónde está la salida. No me importó, ni me importa. ¿Por qué habría de hacerlo? Ya no hay infinitos, ya no hay abismos. A lo sumo un angosto techo azul celeste.

Soy el rey del Laberinto, sentado en un trono en el centro del mismo.

Sin embargo, hay algo que me inquieta: la otra noche, arrastrado por un extraño impulso, trepé con dificultad hasta lo alto de una de tantas paredes, y volví a encontrarme con el inmenso cielo estrellado. Por un momento, pensé que, quizá, después de todo, sí me importa.

Laberinto

domingo, 18 de octubre de 2009

¿Me explico?

Tengo un amigo que no lee mi blog porque no lo entiende.

Otra amiga me comentó hace poco que seguía costándole hacerse a la idea de que el «flipao» que escribe mi bitácora soy realmente yo.

Reconozco que mi estilo peca a menudo de pomposo y críptico. Qué le voy a hacer, si me gusta expresarme así. No es un alarde; probablemente sea un vicio, pero nunca pensé en llenar este blog con mis virtudes: aparte de que no darían para mucho, resultaría aburrido.

Los temas tratados son también fruto del capricho. Entiendo esto como un entretenimiento que además me permite escribir de vez en cuando. Me gusta escribir, pero carezco de disciplina.

Quizá a causa de todo lo anterior no he querido prodigar la dirección de esta página. Por un lado, temo ser malinterpretado; por otro, tampoco creo que haya mucho de interesante aquí.

Y, sin embargo, me encanta que la gente lea no de las cosas. Al fin y al cabo, esto es un blog, no un diario —a propósito, odio los diarios—. Me encanta cuando escucho un grito en la oscuridad. Los comentarios siempre me soprenden, nunca sé por dónde van a salir. Pero eso ya es cosa vuestra... Porque todavía hay alguien ahí, ¿verdad? ¿Hola?

martes, 22 de septiembre de 2009

Tokio, miradas

Este vídeo de Joan Jiménez ya ha salido en todas partes, así que no creo que os resulte nuevo. Yo lo vi por primera vez en Fogonazos. No os lo pongo aquí porque quiero que lo veáis en YouTube (manías mías). Se trata de una sucesión de preciosas fotografías en movimiento de Tokio. Me encanta cómo la música les confiere una entidad casi argumental.

Nunca he estado en Japón, aunque a veces lo he creído por un momento (una de esas veces se llama Lost in Translation). Inevitablemente, esto condiciona todo lo que voy a decir a continuación.

Inmediatamente me vino a la cabeza la reciente película Mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet. Las comparaciones son siempre odiosas, pero esta es además improcedente: pretender confrontar una película con un vídeo de cinco minutos es absurdo (simplemente por la abismal separación de formato y género), en especial si es para defender la superioridad incondicional del segundo. Pero este contraste es significativo, pues ilustra de forma ejemplar dos formas opuestas de acercamiento a una cultura ajena, a saber: el turisteo y la inmersión.

Supongo que debería ser más preciso. Esperpénticamente, por turisteo me refiero a la actitud que hay detrás de pensamientos como «Oh, mira qué gracioso, los japoneses tienen correas para perros que incluyen un pequeño paraguas para el animal», frente a algo del estilo «El asfalto mojado refleja los faros de los coches, como lo haría en cualquier otra parte del mundo, y, aún así, el modo en que este asfalto devuelve la luz de este faro es único y hace inconfundible a esta ciudad». El turisteo se queda en lo anecdótico (y encuentra filones en lo chocante), mientras que la inmersión permea las diferencias en busca de su esencia.

No voy a arremeter aquí contra el turisteo; todos hemos sido turistas, y desde luego yo no me salvo. Sin embargo, no es lo que esperaba de una película con un título tan bello, tan sugerente, y, ¿por qué no decirlo?, tan pretencioso (y, a posteriori, tan inapropiado) como Mapa de los sonidos de Tokio.

La obra de Joan Jiménez, en cambio, se presenta bajo un título anodino, si bien viene apoyada por la siguiente reflexión:

La realidad es el contraste entre lo que tenemos dentro y lo que existe fuera. Os invito a un viaje compartido a Tokyo donde yo pongo los ojos y la música y cada uno de vosotros las sensaciones...

Confieso que la primera vez que leí estas palabras me parecieron una trivialidad. Sólo después de de una segunda lectura me di cuenta de que lo que transmitían no era ninguna estupidez. A propósito, el uso explícito de la segunda persona nos recuerda que, al fin y al cabo, todo es cuestión de opiniones.

jueves, 20 de agosto de 2009

Simplicidad, simplicidad, simplicidad

A veces no se trata de apabullar, sino que basta con tocar una sola nota. El problema es saber qué tecla pulsar.

viernes, 14 de agosto de 2009

«(...) quiénes somos y qué es el mundo»

En cada uno de los lados de un cuadrado hay tantos puntos como en el cuadrado completo.

Enunciar verdades matemáticas profundas utilizando lenguaje de andar por casa es siempre mentir un poco, pero esta clase de mentira tiene mucho de piadoso en la mayor parte de los casos. Este es sin duda uno de ellos. La idea es, obviamente, genial, y se la debemos a Georg Cantor (aunque ignoro si fue él el primero en enunciarla así).

En una flor cabe tanta belleza como en todo el universo.

viernes, 17 de julio de 2009

La paradoja del diccionario

El otro día antes de irme a la cama me invadió una preocupación asfixiante. Por lo general, si uno busca una palabra en el diccionario es porque desconoce su significado, o al menos alberga ciertas dudas sobre el mismo. Todo el mundo sabe lo que significan las palabras de uso frecuente, así que parece evidente que las palabras que uno necesita consultar son las menos utilizadas. ¡Pero si una palabra es demasiado infrecuente, entonces su entrada es eliminada del diccionario! ¡Oh, pervertida lógica!

La cosa no acaba ahí, es todavía peor, porque las palabras más usadas tienen asegurada su permanecia en el diccionario, y ocupan buena parte de él, a pesar de que nadie buscará jamás su significado. ¿No es triste?

Ya, pienso demasiado...

miércoles, 10 de junio de 2009

Ajuste de cuentas

Esto ya lo publiqué hace tiempo en otra parte, pero es demasiado goloso como para resistirse... (Vale, estoy de exámenes, no puedo perder tiempo escribiendo las originalísimas y trepidantes entradas a las que os tengo acostumbrados... ¿Os? Genial, ya hablo solo... ^^u). En fin, al grano:

El Guión es absurdo e inconexo, y sus líneas se entretejen de manera enrevesada. Es un trabajo demasiado fino para ser atribuido al intelecto humano, aunque quizás una horda de chimpancés aporreando teclados podría producir un resultado semejante en un tiempo razonable. Especialmente si están bebidos.

Qué gran verdad... (Y ahora, si me lo permitís, voy a escribir unas palabras totalmente vacías de contenido para que esta línea no quede tan perdida)