sábado, 31 de diciembre de 2011

Antención, estación en curva: al salir, tengan cuidado para no introducir el pie entre coche y andén

Sol es un año que acaba, Sol es un árbol de Navidad hortera, Sol es el capitalismo, Sol es lo queda del Imperio, Sol es (fue) el Papa, Sol es una Babilonia pequeña y castiza, Sol es (ante todo) Madrid, Sol es una plaza, Sol es el kilómetro cero, Sol es una encrucijada, Sol es todas las causas (perdidas o no), Sol es (fue) una acampada, Sol es un foro, un faro, es muchas ilusiones, Sol es un año que empieza.

Feliz 2012.

Mi calendario en Nochevieja

La Puerta del Sol, en sus mejores galas, el 15 de octubre de 2011.

martes, 4 de octubre de 2011

Quizás, quizás, quizás... ♪

Lo que más me jode es el silencio. No el que se hace cuando sobran las palabras, que puede ser solemne, tierno o incluso encendido, sino ese otro silencio metafórico que espera una respuesta que no llega. Ese es el que me jode. Porque a veces uno cree —y es cierto— que su vida depende de una palabra, y entonces hiere menos un no que un quizá, que es de su misma esencia, es cierto, pero deja vivir a la esperanza. El peor de los monstruos que liberó Pandora. Y sé lo que cuesta decir que no, porque yo (mea culpa) nunca he sabido decirlo cuando debía. Pero —admitámoslo— a menudo es lo único justo que puede hacerse. Y, al fin y al cabo, la justicia nos humaniza.

viernes, 22 de julio de 2011

De cómo Feisbuk mató a mi blog

Reconozco que esta bitácora nunca se caracterizó por su actividad frenética (en realidad, ni siquiera por su actividad). Pero ha pasado más de un año desde la última entrada (quiero decir, desde la última entrada de verdad) y el olor a descomposición no deja duda de que el blog no duerme: está muerto. De hecho, ha sido asesinado.

Antes de que nadie se lleve las manos a la cabeza y se apresure a acordonar la página en busca de pruebas, debo aclarar que el caso ya está resuelto: Feisbuk es el culpable. Para convencerse de ello, basta con examinar las últimas entradas (y también esta o esta otra); a pesar de sus pretensiones, ni siquiera intentan ocultar su origen: son estados de Feisbuk renegados. Habría sido cruel condenarlos a perecer sepultados por toneladas de sus semejantes, así que sacrifiqué sus quince minutos de fama y les procuré una existencia más modesta —pero con algo de atemporal— en No de las cosas. Lo apropiado habría sido desarrollar esas ideas lo mínimo para justificar el exceso onanista de publicarlas aquí, pero no creo que a nadie se le oculte que en ese proceso traumático habrían perdido casi todo su interés («no hay que olvidar que la verdad se reduce siempre a la mitad cuando se formula», comenta un personaje en Balthazar, de Lawrence Durrel).

Cuánto más fácil es plantear la idea apenas esbozada, como se hace normalmente en Feisbuk (no hablo de Tuiter, porque no lo frecuento, pero hablo de Tuiter). Lo admito: es esa exención de la tarea terrible de razonar la que ha permitido a Feisbuk fagocitar mi blog. Y encima uno consigue un par de megustas y ya se queda con la sensación de haber escrito algo interesante.

Seguiré dando la lata...

lunes, 21 de febrero de 2011

Decadencia y caída

Al final resultará que los bárbaros que nos invadían éramos nosotros.

sábado, 26 de junio de 2010

La única forma de expresar la verdad es a través de paradojas

No deja de ser curioso, pero hasta ahora no he encontrado un método más eficaz que la desdicha para aprender a ser feliz.

jueves, 17 de junio de 2010

The show must always go on

Respirar hondo y sonreír de oreja a oreja antes de salir al escenario.

No es hipocresía, es profesionalidad. Incluso en la vida diaria.

domingo, 13 de junio de 2010

La entropía de cien mil millones de galaxias consumiéndose

¿Se puede hacer literatura con ciencia?

Nota: Intentar responder a la pregunta en sentido contrario puede ser también un ejercicio interesante.

sábado, 5 de junio de 2010

El viejo sátrapa quiere mi cabeza

Sí, el viejo sátrapa quiere mi cabeza... Y no le culpo, pero me he acostumbrado a tenerla encima del cuello.

Sí, es cierto, ha pasado mucho tiempo desde la última vez...

Resumen parcial y acelerado de los últimos cinco meses:

  • Nieve.
  • 42.
  • Exámenes (inevitablemente): algún que otro milagro y un tropezón. No, no puedo quejarme, desde luego.
  • Una tesis cae del cielo como un ángel en llamas.
  • Çaragoça (ya tan lejana).
  • La palabra travesura adquiere significados insospechados. Como consecuencia, pierde todos.
  • Estrés.
  • La primavera: Sí, pero no (pero sí, pero no).
  • Dalí es un genio.
  • Einstein es un genio (me quito el cráneo).
  • Calígula, todos.
  • Lo de siempre, como nunca (cada vez es diferente).
  • Más estrés.
  • Calígula, tonto el último.
  • En busca del tiempo perdido: Vuelvo a mi antiguo instituto y descubro allí una parte de mí.
  • Más estrés.
  • Más sentido de la vida (el de los Monty Phyton).

Ha sido divertido.

Quizá tan importante como todo lo anterior: lo que no ha llegado a suceder. Cinco líneas de silencio por esas cosas que nunca ocurrieron:





Ya está. Tampoco mucho más luto.

Álex, yo también puedo escribir entradas absurdas (vale, aunque no tan bien como tú :p).

Volveré, en serio (por si a alguien le importa). Pero antes tengo que saldar una cuenta pendiente con el viejo...

martes, 5 de enero de 2010

Balance (de blancos)

Para mí, 2009 ha sido un año estupendo, aunque le llevara unos cuantos meses recuperarse de 2008. A todos los que lo habéis hecho posible, gracias.

Pero 2009 ha terminado.

Un calendario de Tintín me acompañó durante todo el año, salvo en los días caóticos que mediaron entre los periodos beige y blanco roto de mi habitación. En esta clase de calendarios, la asociación de cada imagen con un mes está condenada a parecer caprichosa, aunque sospecho que al menos en este caso no ha sido dejada en absoluto al azar. En septiembre, la momia de Rascar Capac entraba a hurtadillas por la ventana con aviesas intenciones y una bola de cristal en las manos. El verano acababa. Es sólo un ejemplo.

En el mes de diciembre, un boquiabierto Tintín miraba más allá de la viñeta a través de la puerta abierta del cohete que le había llevado hasta la Luna. Contemplaba la belleza espectacular de un paisaje que aún no había sido hollado por el hombre (faltaban todavía más de 15 años para que Neil Armstrong diera el paso más famoso de la Historia). Así es precisamente cada año nuevo: desconocido y sugerente, lleno de oportunidades —y no exento de peligros—.

Mi calendario en Nochevieja

Mi calendario de Tintín pocas horas antes de ser sustituido por uno de Canaletto. Nótese el color blanco (roto) de la pared.

Espero que 2010 sea tan maravilloso como la Luna. Feliz año nuevo a todos.

Empate

Mis únicos propósitos de año nuevo que superan el estadio de meros propósitos son los que empiezo a llevar a cabo en diciembre, porque son el fruto de una evolución interior que cristaliza de forma natural en esas fechas, al cambiar drásticamente las condiciones del medio (de ahí que no tenga sentido posponer su aplicación hasta enero). Los demás no dejan de ser una imposición artificial y fracasan. Todo esto debe de tener alguna moraleja evidente que se me escapa.

El renacimiento de este blog ocurrió en diciembre, hace ya más de un año, y tal vez sea ese el motivo por el que ha resistido hasta ahora. Probablemente está mal que yo lo diga: estoy satisfecho con el resultado. He escrito realmente poco que merezca la pena, pero he escrito. Casi nadie lo ha leído, cierto; sin embargo, y como ya expliqué, la principal motivación del blog es de tipo onanista.

De todos modos, creo que es interesante dar una cota inferior para ese casi nadie. Con motivo de esta entrada abrí una encuesta para averiguar cuál era la opinión de los hipotéticos lectores acerca de lo que ellos pensaran que se les estaba preguntando (o puede que sobre la direccionalidad de las gotas, ya no me acuerdo).

Cuatro personas participaron. A tres de ellas les agradezco profundamente su colaboración; la cuarta soy yo. Álex no ha votado, aunque dijo que lo haría (Álex es malo, no pulséis en el enlace).

Resultados de la encuesta

Resultado: Empate. La mitad considera(mos) que la gota apunta hacia donde cae, como es lógico, normal y bueno; el resto opina que Joder, Mikel.

Conclusión: Ya lo decía Borges, «La democracia es un abuso de la estadística». Aunque con cuatro votos, la verdad, estadística, no hay mucha. Por lo menos no ha ganado la última opción.

Nos vemos después de los exámenes de febrero.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Dos recomendaciones afrancesadas

Voy a romper ligeramente la tónica del blog recomendando una película y un cómic. Digo ligeramente porque no deja de ser otra forma de sentar cátedra.

Vaya por delante una disculpa por tratarse de dos obras procedentes del otro lado de los Pirineos. De todos es sabido que los franceses no necesitan motivos para ostentar su cultura. Lo peor del caso es que la mayor parte de las veces los tienen. Y aquí traigo dos ejemplos.

El primero de ellos es La Jetée, rodada por Chris Marker en 1962. Se trata de un mediometraje de ciencia ficción compuesto en su práctica totalidad por fotografías (y una música escalofriante). La jetée es el muelle de un aeropuerto en el que un niño es testigo de una escena que queda grabada en su memoria. La Jetée es probablemente lo más original que he visto en mucho tiempo. Y eso es preocupante, porque en cuarenta años ha habido tiempo más que de sobra para explotar los mecanismos que esta película ya domina magistralmente. Pero no ha ocurrido.

La Jetée puede encontrarse en Google videos o en YouTube, pero con calidad muy poco digna, en general (encontré una versión bastante buena, pero sólo de los primeros nueve minutos —¿dónde está el resto?—). Como es costumbre, no faltan comentarios impagables: «this happened to me», dice un tal peterdcarter1.

La segunda recomendación es la serie de cómics Le Combat ordinaire, de Manu Larcenet. El nombre ya dice mucho: esta no es una historia épica, sino la vida cotidiana de una persona más o menos normal (en la medida en que todos podamos serlo). Esa persona es Marco, un fotógrafo por cuenta propia al que en el primer tomo nos encontramos recién llegado al campo en plena crisis existencial.

Me encanta el dibujo, es agradable y realmente expresivo, nada realista pero muy convincente. El guión no se queda atrás, y juntos consiguen comunicar sentimientos de una manera realmente conmovedora. Por lo menos para mí.

¿Están editados en español? Obviamente, no (al menos aún no). Así que está complicada la cosa. De todos modos, si algún madrileño se atreve, puede encontrarlos en la Mediateca del Institut Français, que es de donde los sacó mi padre, a quien le debo las dos recomendaciones de hoy.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Jardiel Poncela predijo el 11-S

En efecto:

«Aglomerados, abrazados unos a otros por miedo de pisar en falso y caerse al mar, los rascacielos de Manhattan han unido las lanzas de sus cúpulas contra un peligro común, que quizá venga algún día por el sitio por donde ellos lo esperan: por el aire. Los rascacielos son muy jóvenes: por eso han crecido demasiado y están delgadísimos Algunos parecen pilas de cajas recién desembarcadas; otros parecen velas de iglesia de pueblo, y dos o tres de ellos parecen rascacielos.» Enrique Jardiel Poncela, Mis viajes a Estados Unidos

Las negritas son mías, claro.

Imagínese mi estupor al leer estas palabras en la deliciosa selección de escritos breves del mismo autor Para leer mientras sube el ascensor.

¿Cómo pudo Enrique Jardiel Poncela anticiparse de forma tan audaz a la Historia? ¿Qué otras crípticas advertencias sobre acontecimientos cruciales todavía por venir pueden estar escondidas en la obra de este ínclito literato español?

Lo sabremos a medida que esos hechos se produzcan...

domingo, 20 de diciembre de 2009

Zagreb - Sarajevo

«La libertad absoluta es sacar la cabeza por la ventanilla del tren nocturno a Sarajevo y sentir el aire golpeándote en la cara bajo la inmensa Vía Láctea.»

Este verano me obligué a llevar un diario de viaje. Aunque fue un coñazo, ahora puedo decir que mereció la pena.

(Cuando unas horas más tarde llegamos de madrugada a Sarajevo, las cosas ya no eran tan bonitas. Que te despierten cada hora para pedirte los billetes no es algo que deje muy buen cuerpo. Y, aun así, solo esa noche justificaría todo el viaje.)

martes, 24 de noviembre de 2009

¿Hacia qué lado apunta la gota?

En plena efervescencia de la moda vampírica realimentada por el estreno de la nueva película de la saga de Crepújculo (con la actuación estelar del inefable Taylor Lautner), mi facultad se ha llenado en los últimos días de gotas de sangre. No, no es la fantasía de un psicópata hecha realidad: se trata de una simpática campaña para promover la donación de sangre. Empezó, tímidamente, la semana pasada, y no ha hecho sino ir a más hasta el clímax hemofílico de hoy, cuando el suelo ha aparecido lleno de gotas de sangre de papel que conducían desde las aulas hasta el autobús de la campaña, aparcado en el exterior del edificio.

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención es la orientación de las gotas. Por su simetría bilateral, una gota define una dirección sin posibilidad de error, pero, ¿nos dice en qué sentido hay que recorrerla? Expresado de otra manera, ¿hacia dónde señala esta gota?

Gota de sangre

Parece ser que quienes las colocaron en mi facultad responderían que hacia la derecha. Resulta razonable, porque el pico de una gota es su único punto singular (de hecho, es singular también en un sentido matemático), y además recuerda a la punta de una flecha.

Una flecha es un clarísimo y genial icono de una flecha. Trivial, el propio nombre lo evidencia. Y como nadie lanzaría una flecha con la punta hacia atrás, todos sabemos a qué lado señala una flecha. Esta lo hace a la derecha:

A menos, por supuesto, que nunca hubiéramos visto una flecha. En ese caso podríamos pensar perfectamente que mira a la izquierda. Y no pasaría nada, mientras todos estuviéramos de acuerdo. (Claro que entonces convendría cambiarles el nombre y llamarlas, por ejemplo, focos, por su semejanza a los rayos divergentes de una fuente de luz.) La convencionalidad de un signo.

El problema es que el dibujo idealizado de una gota es otro claro ejemplo de icono. Como las gotas caen hacia (en cierto modo, sobre) su parte redondeada y la flecha del tiempo es la mejor flecha que conozco, a mí no me queda ninguna duda de que la gota de antes apunta a la izquierda. De modo que el círculo se cierra, y la sangre donada regresa a las aulas; metafóricamente, vuelve a las venas de aquellos que la necesiten. Queda bonito, ¿no?

He dicho que las gotas caen hacia su parte redondeada. Es algo rigurosamente cierto, porque, en realidad, las gotas sólo tienen parte redondeada. Las gotas son suaves (en un sentido matemático), porque así es como le gustan las cosas a la tensión superficial. Una forma espectacular de comprobarlo es iluminarlas con luz estroboscópica.

Epílogo

Y, en fin, yo no he donado. Me da mucho repelús la sangre. Ya se sabe, a machote no me gana nadie.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Joder, Mikel

¿Nunca os habéis sorprendido preguntándoos a qué coño estáis jugando? Yo sí, me ocurre de vez en cuando, y, aún así, todavía no he encontrado una respuesta. No me gusta mi juego. No me gusta porque nunca gano. Y, sin embargo, sigo jugando, sin saber por qué. Empiezo a sospechar que vivir consiste en eso.

No conozco, pues, las reglas (porque las reglas son el juego —¿o no?—), pero conozco algunas jugadas, que la repetición me ha enseñado y listo a continuación. Si alguien quiere jugar, probablemente bastará con que elija unas cuantas al azar y, simplemente, las encadene de alguna manera.

  • Callar cuando no se debe; hablar cuando es más amable el silencio.
  • Lanzar una piedra al aire, hacia arriba, y correr en pequeños círculos, como intentando evitarla en su caída, pero sin hacerlo en realidad.
  • Enterrar un tesoro. El tesoro bien podría ser un cadáver. Digo «tesoro» porque entiendo que es algo que adquiere un valor a consecuencia de su condición de oculto, un uso quizá heterodoxo pero, espero, en absoluto ajeno.
  • Sorprenderse con nada: una nube, una hoja caída, unas gotas de agua. Una lavandera huye dando pequeños pasitos. El reflejo del sol en una ventana provoca un segundo atardecer.
  • Buscar respuestas (las preguntas son tan a menudo superfluas). Encontrarlas. Volver a empezar.
  • Contarse un chiste. Van dos en un vagón de tren y de pronto uno estalla en carcajadas. Ante la sorpresa de su compañero de viaje, explica: «Es que estaba contándome chistes y he llegado a uno que no me sabía».
  • Actuar sin público. O, lo que es lo mismo, actuar para uno mismo.
  • Escribir de manera incomprensible en un blog.
  • Dejarse lo más importante en el tintero...

viernes, 23 de octubre de 2009

El rey del Laberinto

¿Cómo era vivir en una pradera infinita? Todavía lo recuerdo bastante bien. Hasta donde llegaba la vista, todo era verde. Por encima, la otra mitad del mundo solía ser azul radiante. A veces, mirabas al cielo y creías que ibas a caer en él.

Mi casa, diminuta, construida en piedra, parecía zozobrar encima de una loma. Desde ella se veía toda la región, y desde toda la región, se veía mi casa.

No quiero hablar demasiado de los Otros, aunque no se me escapa que al lector atento no le pasará desapercibida su importancia. En ocasiones llegaban hasta mi puerta personas buscando un lugar donde pasar la noche. Yo les acogía lo mejor que podía. Normalmente, reemprendían el camino a la mañana siguiente.

Algunos eran hoscos y taciturnos. Su partida era un alivio. Con otros la cena se alargaba con anécdotas, carcajadas y miradas comprensivas. Cuando se iban, dejaban tras de sí un denso silencio.

Todos hablaban de lugares extraños, tal vez no tan lejanos, de los que ninguno volvería. O quizá sí... Una noche, a la luz del fuego, creí sorprender algo familiar en el brillo de los ojos de un visitante. ¿Tanto había cambiado? No me atreví a preguntarle.

Fue uno de los últimos. Por aquel entonces, el Laberinto ya empezaba a ser infranqueable. El Laberinto...

Su origen fue inocente: plantar un seto parecía completamente natural. Mucho después, he intentado convencerme de que el objetivo no era otro que delimitar un espacio, mi espacio, obligando así al mundo a retroceder algunos metros desde las ventanas de mi casa.

Pero el seto medró, y después giró en ángulo recto y comenzó a bifurcarse. Reconozco que me dejé seducir por su ilimitada geometría de posibilidades. Y el Proyecto siguió creciendo, y creció... Por primera vez, empecé a sentirme protegido. Y, por primera vez, sufrí la necesidad de sentirme protegido. Acarreé piedras para construir altos muros donde antes bastaban ramas.

Por supuesto, el Laberinto disuadiría a los visitantes, aunque pensé que no supondría un obstáculo para quien realmente quisiera atravesarlo. No obstante, llegó un momento en el que incluso a mí me costaba orientarme: la obra había superado al arquitecto.

El dédalo de callejones era tan vasto que algunos quedaban descuidados durante meses. Los derrumbamientos y las zarzas alteraban el trazado imprevisiblemente. Pasé largo tiempo vagando perdido; pese a todo, cuando conseguía situarme, continuaba la construcción fascinado por la inabarcable complejidad del resultado.

He olvidado dónde está la salida. No me importó, ni me importa. ¿Por qué habría de hacerlo? Ya no hay infinitos, ya no hay abismos. A lo sumo un angosto techo azul celeste.

Soy el rey del Laberinto, sentado en un trono en el centro del mismo.

Sin embargo, hay algo que me inquieta: la otra noche, arrastrado por un extraño impulso, trepé con dificultad hasta lo alto de una de tantas paredes, y volví a encontrarme con el inmenso cielo estrellado. Por un momento, pensé que, quizá, después de todo, sí me importa.

Laberinto

domingo, 18 de octubre de 2009

¿Me explico?

Tengo un amigo que no lee mi blog porque no lo entiende.

Otra amiga me comentó hace poco que seguía costándole hacerse a la idea de que el «flipao» que escribe mi bitácora soy realmente yo.

Reconozco que mi estilo peca a menudo de pomposo y críptico. Qué le voy a hacer, si me gusta expresarme así. No es un alarde; probablemente sea un vicio, pero nunca pensé en llenar este blog con mis virtudes: aparte de que no darían para mucho, resultaría aburrido.

Los temas tratados son también fruto del capricho. Entiendo esto como un entretenimiento que además me permite escribir de vez en cuando. Me gusta escribir, pero carezco de disciplina.

Quizá a causa de todo lo anterior no he querido prodigar la dirección de esta página. Por un lado, temo ser malinterpretado; por otro, tampoco creo que haya mucho de interesante aquí.

Y, sin embargo, me encanta que la gente lea no de las cosas. Al fin y al cabo, esto es un blog, no un diario —a propósito, odio los diarios—. Me encanta cuando escucho un grito en la oscuridad. Los comentarios siempre me soprenden, nunca sé por dónde van a salir. Pero eso ya es cosa vuestra... Porque todavía hay alguien ahí, ¿verdad? ¿Hola?

martes, 22 de septiembre de 2009

Tokio, miradas

Este vídeo de Joan Jiménez ya ha salido en todas partes, así que no creo que os resulte nuevo. Yo lo vi por primera vez en Fogonazos. No os lo pongo aquí porque quiero que lo veáis en YouTube (manías mías). Se trata de una sucesión de preciosas fotografías en movimiento de Tokio. Me encanta cómo la música les confiere una entidad casi argumental.

Nunca he estado en Japón, aunque a veces lo he creído por un momento (una de esas veces se llama Lost in Translation). Inevitablemente, esto condiciona todo lo que voy a decir a continuación.

Inmediatamente me vino a la cabeza la reciente película Mapa de los sonidos de Tokio, de Isabel Coixet. Las comparaciones son siempre odiosas, pero esta es además improcedente: pretender confrontar una película con un vídeo de cinco minutos es absurdo (simplemente por la abismal separación de formato y género), en especial si es para defender la superioridad incondicional del segundo. Pero este contraste es significativo, pues ilustra de forma ejemplar dos formas opuestas de acercamiento a una cultura ajena, a saber: el turisteo y la inmersión.

Supongo que debería ser más preciso. Esperpénticamente, por turisteo me refiero a la actitud que hay detrás de pensamientos como «Oh, mira qué gracioso, los japoneses tienen correas para perros que incluyen un pequeño paraguas para el animal», frente a algo del estilo «El asfalto mojado refleja los faros de los coches, como lo haría en cualquier otra parte del mundo, y, aún así, el modo en que este asfalto devuelve la luz de este faro es único y hace inconfundible a esta ciudad». El turisteo se queda en lo anecdótico (y encuentra filones en lo chocante), mientras que la inmersión permea las diferencias en busca de su esencia.

No voy a arremeter aquí contra el turisteo; todos hemos sido turistas, y desde luego yo no me salvo. Sin embargo, no es lo que esperaba de una película con un título tan bello, tan sugerente, y, ¿por qué no decirlo?, tan pretencioso (y, a posteriori, tan inapropiado) como Mapa de los sonidos de Tokio.

La obra de Joan Jiménez, en cambio, se presenta bajo un título anodino, si bien viene apoyada por la siguiente reflexión:

La realidad es el contraste entre lo que tenemos dentro y lo que existe fuera. Os invito a un viaje compartido a Tokyo donde yo pongo los ojos y la música y cada uno de vosotros las sensaciones...

Confieso que la primera vez que leí estas palabras me parecieron una trivialidad. Sólo después de de una segunda lectura me di cuenta de que lo que transmitían no era ninguna estupidez. A propósito, el uso explícito de la segunda persona nos recuerda que, al fin y al cabo, todo es cuestión de opiniones.

jueves, 20 de agosto de 2009

Simplicidad, simplicidad, simplicidad

A veces no se trata de apabullar, sino que basta con tocar una sola nota. El problema es saber qué tecla pulsar.

viernes, 14 de agosto de 2009

«(...) quiénes somos y qué es el mundo»

En cada uno de los lados de un cuadrado hay tantos puntos como en el cuadrado completo.

Enunciar verdades matemáticas profundas utilizando lenguaje de andar por casa es siempre mentir un poco, pero esta clase de mentira tiene mucho de piadoso en la mayor parte de los casos. Este es sin duda uno de ellos. La idea es, obviamente, genial, y se la debemos a Georg Cantor (aunque ignoro si fue él el primero en enunciarla así).

En una flor cabe tanta belleza como en todo el universo.