¿Se puede hacer literatura con ciencia?
Nota: Intentar responder a la pregunta en sentido contrario puede ser también un ejercicio interesante.
¿Se puede hacer literatura con ciencia?
Nota: Intentar responder a la pregunta en sentido contrario puede ser también un ejercicio interesante.
Sí, el viejo sátrapa quiere mi cabeza... Y no le culpo, pero me he acostumbrado a tenerla encima del cuello.
Sí, es cierto, ha pasado mucho tiempo desde la última vez...
Resumen parcial y acelerado de los últimos cinco meses:
Ha sido divertido.
Quizá tan importante como todo lo anterior: lo que no ha llegado a suceder. Cinco líneas de silencio por esas cosas que nunca ocurrieron:
Ya está. Tampoco mucho más luto.
Álex, yo también puedo escribir entradas absurdas (vale, aunque no tan bien como tú :p).
Volveré, en serio (por si a alguien le importa). Pero antes tengo que saldar una cuenta pendiente con el viejo...
Para mí, 2009 ha sido un año estupendo, aunque le llevara unos cuantos meses recuperarse de 2008. A todos los que lo habéis hecho posible, gracias.
Pero 2009 ha terminado.
Un calendario de Tintín me acompañó durante todo el año, salvo en los días caóticos que mediaron entre los periodos beige y blanco roto de mi habitación. En esta clase de calendarios, la asociación de cada imagen con un mes está condenada a parecer caprichosa, aunque sospecho que al menos en este caso no ha sido dejada en absoluto al azar. En septiembre, la momia de Rascar Capac entraba a hurtadillas por la ventana con aviesas intenciones y una bola de cristal en las manos. El verano acababa. Es sólo un ejemplo.
En el mes de diciembre, un boquiabierto Tintín miraba más allá de la viñeta a través de la puerta abierta del cohete que le había llevado hasta la Luna. Contemplaba la belleza espectacular de un paisaje que aún no había sido hollado por el hombre (faltaban todavía más de 15 años para que Neil Armstrong diera el paso más famoso de la Historia). Así es precisamente cada año nuevo: desconocido y sugerente, lleno de oportunidades —y no exento de peligros—.
Mi calendario de Tintín pocas horas antes de ser sustituido por uno de Canaletto. Nótese el color blanco (roto) de la pared.
Espero que 2010 sea tan maravilloso como la Luna. Feliz año nuevo a todos.
Mis únicos propósitos de año nuevo que superan el estadio de meros propósitos son los que empiezo a llevar a cabo en diciembre, porque son el fruto de una evolución interior que cristaliza de forma natural en esas fechas, al cambiar drásticamente las condiciones del medio (de ahí que no tenga sentido posponer su aplicación hasta enero). Los demás no dejan de ser una imposición artificial y fracasan. Todo esto debe de tener alguna moraleja evidente que se me escapa.
El renacimiento de este blog ocurrió en diciembre, hace ya más de un año, y tal vez sea ese el motivo por el que ha resistido hasta ahora. Probablemente está mal que yo lo diga: estoy satisfecho con el resultado. He escrito realmente poco que merezca la pena, pero he escrito. Casi nadie lo ha leído, cierto; sin embargo, y como ya expliqué, la principal motivación del blog es de tipo onanista.
De todos modos, creo que es interesante dar una cota inferior para ese casi nadie. Con motivo de esta entrada abrí una encuesta para averiguar cuál era la opinión de los hipotéticos lectores acerca de lo que ellos pensaran que se les estaba preguntando (o puede que sobre la direccionalidad de las gotas, ya no me acuerdo).
Cuatro personas participaron. A tres de ellas les agradezco profundamente su colaboración; la cuarta soy yo. Álex no ha votado, aunque dijo que lo haría (Álex es malo, no pulséis en el enlace).
Resultado: Empate. La mitad considera(mos) que la gota apunta hacia donde cae, como es lógico, normal y bueno; el resto opina que Joder, Mikel.
Conclusión: Ya lo decía Borges, «La democracia es un abuso de la estadística». Aunque con cuatro votos, la verdad, estadística, no hay mucha. Por lo menos no ha ganado la última opción.
Nos vemos después de los exámenes de febrero.
Voy a romper ligeramente la tónica del blog recomendando una película y un cómic. Digo ligeramente porque no deja de ser otra forma de sentar cátedra.
Vaya por delante una disculpa por tratarse de dos obras procedentes del otro lado de los Pirineos. De todos es sabido que los franceses no necesitan motivos para ostentar su cultura. Lo peor del caso es que la mayor parte de las veces los tienen. Y aquí traigo dos ejemplos.
El primero de ellos es La Jetée, rodada por Chris Marker en 1962. Se trata de un mediometraje de ciencia ficción compuesto en su práctica totalidad por fotografías (y una música escalofriante). La jetée es el muelle de un aeropuerto en el que un niño es testigo de una escena que queda grabada en su memoria. La Jetée es probablemente lo más original que he visto en mucho tiempo. Y eso es preocupante, porque en cuarenta años ha habido tiempo más que de sobra para explotar los mecanismos que esta película ya domina magistralmente. Pero no ha ocurrido.
La Jetée puede encontrarse en Google videos o en YouTube, pero con calidad muy poco digna, en general (encontré una versión bastante buena, pero sólo de los primeros nueve minutos —¿dónde está el resto?—). Como es costumbre, no faltan comentarios impagables: «this happened to me», dice un tal peterdcarter1.
La segunda recomendación es la serie de cómics Le Combat ordinaire, de Manu Larcenet. El nombre ya dice mucho: esta no es una historia épica, sino la vida cotidiana de una persona más o menos normal (en la medida en que todos podamos serlo). Esa persona es Marco, un fotógrafo por cuenta propia al que en el primer tomo nos encontramos recién llegado al campo en plena crisis existencial.
Me encanta el dibujo, es agradable y realmente expresivo, nada realista pero muy convincente. El guión no se queda atrás, y juntos consiguen comunicar sentimientos de una manera realmente conmovedora. Por lo menos para mí.
¿Están editados en español? Obviamente, no (al menos aún no). Así que está complicada la cosa. De todos modos, si algún madrileño se atreve, puede encontrarlos en la Mediateca del Institut Français, que es de donde los sacó mi padre, a quien le debo las dos recomendaciones de hoy.
En efecto:
«Aglomerados, abrazados unos a otros por miedo de pisar en falso y caerse al mar, los rascacielos de Manhattan han unido las lanzas de sus cúpulas contra un peligro común, que quizá venga algún día por el sitio por donde ellos lo esperan: por el aire. Los rascacielos son muy jóvenes: por eso han crecido demasiado y están delgadísimos Algunos parecen pilas de cajas recién desembarcadas; otros parecen velas de iglesia de pueblo, y dos o tres de ellos parecen rascacielos.» Enrique Jardiel Poncela, Mis viajes a Estados Unidos
Las negritas son mías, claro.
Imagínese mi estupor al leer estas palabras en la deliciosa selección de escritos breves del mismo autor Para leer mientras sube el ascensor.
¿Cómo pudo Enrique Jardiel Poncela anticiparse de forma tan audaz a la Historia? ¿Qué otras crípticas advertencias sobre acontecimientos cruciales todavía por venir pueden estar escondidas en la obra de este ínclito literato español?
Lo sabremos a medida que esos hechos se produzcan...
«La libertad absoluta es sacar la cabeza por la ventanilla del tren nocturno a Sarajevo y sentir el aire golpeándote en la cara bajo la inmensa Vía Láctea.»
Este verano me obligué a llevar un diario de viaje. Aunque fue un coñazo, ahora puedo decir que mereció la pena.
(Cuando unas horas más tarde llegamos de madrugada a Sarajevo, las cosas ya no eran tan bonitas. Que te despierten cada hora para pedirte los billetes no es algo que deje muy buen cuerpo. Y, aun así, solo esa noche justificaría todo el viaje.)