martes, 5 de enero de 2010

Balance (de blancos)

Para mí, 2009 ha sido un año estupendo, aunque le llevara unos cuantos meses recuperarse de 2008. A todos los que lo habéis hecho posible, gracias.

Pero 2009 ha terminado.

Un calendario de Tintín me acompañó durante todo el año, salvo en los días caóticos que mediaron entre los periodos beige y blanco roto de mi habitación. En esta clase de calendarios, la asociación de cada imagen con un mes está condenada a parecer caprichosa, aunque sospecho que al menos en este caso no ha sido dejada en absoluto al azar. En septiembre, la momia de Rascar Capac entraba a hurtadillas por la ventana con aviesas intenciones y una bola de cristal en las manos. El verano acababa. Es sólo un ejemplo.

En el mes de diciembre, un boquiabierto Tintín miraba más allá de la viñeta a través de la puerta abierta del cohete que le había llevado hasta la Luna. Contemplaba la belleza espectacular de un paisaje que aún no había sido hollado por el hombre (faltaban todavía más de 15 años para que Neil Armstrong diera el paso más famoso de la Historia). Así es precisamente cada año nuevo: desconocido y sugerente, lleno de oportunidades —y no exento de peligros—.

Mi calendario en Nochevieja

Mi calendario de Tintín pocas horas antes de ser sustituido por uno de Canaletto. Nótese el color blanco (roto) de la pared.

Espero que 2010 sea tan maravilloso como la Luna. Feliz año nuevo a todos.

Empate

Mis únicos propósitos de año nuevo que superan el estadio de meros propósitos son los que empiezo a llevar a cabo en diciembre, porque son el fruto de una evolución interior que cristaliza de forma natural en esas fechas, al cambiar drásticamente las condiciones del medio (de ahí que no tenga sentido posponer su aplicación hasta enero). Los demás no dejan de ser una imposición artificial y fracasan. Todo esto debe de tener alguna moraleja evidente que se me escapa.

El renacimiento de este blog ocurrió en diciembre, hace ya más de un año, y tal vez sea ese el motivo por el que ha resistido hasta ahora. Probablemente está mal que yo lo diga: estoy satisfecho con el resultado. He escrito realmente poco que merezca la pena, pero he escrito. Casi nadie lo ha leído, cierto; sin embargo, y como ya expliqué, la principal motivación del blog es de tipo onanista.

De todos modos, creo que es interesante dar una cota inferior para ese casi nadie. Con motivo de esta entrada abrí una encuesta para averiguar cuál era la opinión de los hipotéticos lectores acerca de lo que ellos pensaran que se les estaba preguntando (o puede que sobre la direccionalidad de las gotas, ya no me acuerdo).

Cuatro personas participaron. A tres de ellas les agradezco profundamente su colaboración; la cuarta soy yo. Álex no ha votado, aunque dijo que lo haría (Álex es malo, no pulséis en el enlace).

Resultados de la encuesta

Resultado: Empate. La mitad considera(mos) que la gota apunta hacia donde cae, como es lógico, normal y bueno; el resto opina que Joder, Mikel.

Conclusión: Ya lo decía Borges, «La democracia es un abuso de la estadística». Aunque con cuatro votos, la verdad, estadística, no hay mucha. Por lo menos no ha ganado la última opción.

Nos vemos después de los exámenes de febrero.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

Dos recomendaciones afrancesadas

Voy a romper ligeramente la tónica del blog recomendando una película y un cómic. Digo ligeramente porque no deja de ser otra forma de sentar cátedra.

Vaya por delante una disculpa por tratarse de dos obras procedentes del otro lado de los Pirineos. De todos es sabido que los franceses no necesitan motivos para ostentar su cultura. Lo peor del caso es que la mayor parte de las veces los tienen. Y aquí traigo dos ejemplos.

El primero de ellos es La Jetée, rodada por Chris Marker en 1962. Se trata de un mediometraje de ciencia ficción compuesto en su práctica totalidad por fotografías (y una música escalofriante). La jetée es el muelle de un aeropuerto en el que un niño es testigo de una escena que queda grabada en su memoria. La Jetée es probablemente lo más original que he visto en mucho tiempo. Y eso es preocupante, porque en cuarenta años ha habido tiempo más que de sobra para explotar los mecanismos que esta película ya domina magistralmente. Pero no ha ocurrido.

La Jetée puede encontrarse en Google videos o en YouTube, pero con calidad muy poco digna, en general (encontré una versión bastante buena, pero sólo de los primeros nueve minutos —¿dónde está el resto?—). Como es costumbre, no faltan comentarios impagables: «this happened to me», dice un tal peterdcarter1.

La segunda recomendación es la serie de cómics Le Combat ordinaire, de Manu Larcenet. El nombre ya dice mucho: esta no es una historia épica, sino la vida cotidiana de una persona más o menos normal (en la medida en que todos podamos serlo). Esa persona es Marco, un fotógrafo por cuenta propia al que en el primer tomo nos encontramos recién llegado al campo en plena crisis existencial.

Me encanta el dibujo, es agradable y realmente expresivo, nada realista pero muy convincente. El guión no se queda atrás, y juntos consiguen comunicar sentimientos de una manera realmente conmovedora. Por lo menos para mí.

¿Están editados en español? Obviamente, no (al menos aún no). Así que está complicada la cosa. De todos modos, si algún madrileño se atreve, puede encontrarlos en la Mediateca del Institut Français, que es de donde los sacó mi padre, a quien le debo las dos recomendaciones de hoy.

lunes, 28 de diciembre de 2009

Jardiel Poncela predijo el 11-S

En efecto:

«Aglomerados, abrazados unos a otros por miedo de pisar en falso y caerse al mar, los rascacielos de Manhattan han unido las lanzas de sus cúpulas contra un peligro común, que quizá venga algún día por el sitio por donde ellos lo esperan: por el aire. Los rascacielos son muy jóvenes: por eso han crecido demasiado y están delgadísimos Algunos parecen pilas de cajas recién desembarcadas; otros parecen velas de iglesia de pueblo, y dos o tres de ellos parecen rascacielos.» Enrique Jardiel Poncela, Mis viajes a Estados Unidos

Las negritas son mías, claro.

Imagínese mi estupor al leer estas palabras en la deliciosa selección de escritos breves del mismo autor Para leer mientras sube el ascensor.

¿Cómo pudo Enrique Jardiel Poncela anticiparse de forma tan audaz a la Historia? ¿Qué otras crípticas advertencias sobre acontecimientos cruciales todavía por venir pueden estar escondidas en la obra de este ínclito literato español?

Lo sabremos a medida que esos hechos se produzcan...

domingo, 20 de diciembre de 2009

Zagreb - Sarajevo

«La libertad absoluta es sacar la cabeza por la ventanilla del tren nocturno a Sarajevo y sentir el aire golpeándote en la cara bajo la inmensa Vía Láctea.»

Este verano me obligué a llevar un diario de viaje. Aunque fue un coñazo, ahora puedo decir que mereció la pena.

(Cuando unas horas más tarde llegamos de madrugada a Sarajevo, las cosas ya no eran tan bonitas. Que te despierten cada hora para pedirte los billetes no es algo que deje muy buen cuerpo. Y, aun así, solo esa noche justificaría todo el viaje.)

martes, 24 de noviembre de 2009

¿Hacia qué lado apunta la gota?

En plena efervescencia de la moda vampírica realimentada por el estreno de la nueva película de la saga de Crepújculo (con la actuación estelar del inefable Taylor Lautner), mi facultad se ha llenado en los últimos días de gotas de sangre. No, no es la fantasía de un psicópata hecha realidad: se trata de una simpática campaña para promover la donación de sangre. Empezó, tímidamente, la semana pasada, y no ha hecho sino ir a más hasta el clímax hemofílico de hoy, cuando el suelo ha aparecido lleno de gotas de sangre de papel que conducían desde las aulas hasta el autobús de la campaña, aparcado en el exterior del edificio.

Sin embargo, lo que más me ha llamado la atención es la orientación de las gotas. Por su simetría bilateral, una gota define una dirección sin posibilidad de error, pero, ¿nos dice en qué sentido hay que recorrerla? Expresado de otra manera, ¿hacia dónde señala esta gota?

Gota de sangre

Parece ser que quienes las colocaron en mi facultad responderían que hacia la derecha. Resulta razonable, porque el pico de una gota es su único punto singular (de hecho, es singular también en un sentido matemático), y además recuerda a la punta de una flecha.

Una flecha es un clarísimo y genial icono de una flecha. Trivial, el propio nombre lo evidencia. Y como nadie lanzaría una flecha con la punta hacia atrás, todos sabemos a qué lado señala una flecha. Esta lo hace a la derecha:

→

A menos, por supuesto, que nunca hubiéramos visto una flecha. En ese caso podríamos pensar perfectamente que mira a la izquierda. Y no pasaría nada, mientras todos estuviéramos de acuerdo. (Claro que entonces convendría cambiarles el nombre y llamarlas, por ejemplo, focos, por su semejanza a los rayos divergentes de una fuente de luz.) La convencionalidad de un signo.

El problema es que el dibujo idealizado de una gota es otro claro ejemplo de icono. Como las gotas caen hacia (en cierto modo, sobre) su parte redondeada y la flecha del tiempo es la mejor flecha que conozco, a mí no me queda ninguna duda de que la gota de antes apunta a la izquierda. De modo que el círculo se cierra, y la sangre donada regresa a las aulas; metafóricamente, vuelve a las venas de aquellos que la necesiten. Queda bonito, ¿no?

He dicho que las gotas caen hacia su parte redondeada. Es algo rigurosamente cierto, porque, en realidad, las gotas sólo tienen parte redondeada. Las gotas son suaves (en un sentido matemático), porque así es como le gustan las cosas a la tensión superficial. Una forma espectacular de comprobarlo es iluminarlas con luz estroboscópica.

Epílogo

Y, en fin, yo no he donado. Me da mucho repelús la sangre. Ya se sabe, a machote no me gana nadie.

viernes, 20 de noviembre de 2009

Joder, Mikel

¿Nunca os habéis sorprendido preguntándoos a qué coño estáis jugando? Yo sí, me ocurre de vez en cuando, y, aún así, todavía no he encontrado una respuesta. No me gusta mi juego. No me gusta porque nunca gano. Y, sin embargo, sigo jugando, sin saber por qué. Empiezo a sospechar que vivir consiste en eso.

No conozco, pues, las reglas (porque las reglas son el juego —¿o no?—), pero conozco algunas jugadas, que la repetición me ha enseñado y listo a continuación. Si alguien quiere jugar, probablemente bastará con que elija unas cuantas al azar y, simplemente, las encadene de alguna manera.

  • Callar cuando no se debe; hablar cuando es más amable el silencio.
  • Lanzar una piedra al aire, hacia arriba, y correr en pequeños círculos, como intentando evitarla en su caída, pero sin hacerlo en realidad.
  • Enterrar un tesoro. El tesoro bien podría ser un cadáver. Digo «tesoro» porque entiendo que es algo que adquiere un valor a consecuencia de su condición de oculto, un uso quizá heterodoxo pero, espero, en absoluto ajeno.
  • Sorprenderse con nada: una nube, una hoja caída, unas gotas de agua. Una lavandera huye dando pequeños pasitos. El reflejo del sol en una ventana provoca un segundo atardecer.
  • Buscar respuestas (las preguntas son tan a menudo superfluas). Encontrarlas. Volver a empezar.
  • Contarse un chiste. Van dos en un vagón de tren y de pronto uno estalla en carcajadas. Ante la sorpresa de su compañero de viaje, explica: «Es que estaba contándome chistes y he llegado a uno que no me sabía».
  • Actuar sin público. O, lo que es lo mismo, actuar para uno mismo.
  • Escribir de manera incomprensible en un blog.
  • Dejarse lo más importante en el tintero...